Archivo de octubre, 2009

Vale un Potosí?

Si no fuese porque Víctor estaba más emocionado que un niño pequeño por visitar las minas de Potosí nos habríamos pasado esta parada. A Elena no le hacia ninguna gracia esta excursión. Llegamos tarde y caímos en un hostalillo que dejaba bastante que desear después del de Sucre. Cenamos y nos preparamos mentalmente, sobre todo Emma y Elena para adentrarnos mañana debajo de la tierra.

Primero, parada obligatoria en el mercado de los mineros para comprar dinamita, coca refrescos y demás presentes para los mineros. El cerro era la montaña más fea que habíamos visto jamás. Subimos andando ni tan siquiera 100 metros y ya estábamos todos sin respiración, no nos queríamos ni imaginar lo que sería dentro del agujero. Entrando casi a 4 patas y viendo como poco a poco va desapareciendo la única fuente de luz crea un poco de agobio. A medida que vas avanzando se hace todo más estrecho, los gases y olores se acentúan y el polvo se mete por todo tu cuerpo hasta el punto que no puedes respirar y la nariz te duele a rabiar. La visita dura 2 horas y con 20 minutos sería más que suficiente. El “Tio” o “Demonio” de la mina es una esculturilla horrible en mitad de uno de los pasadizos a la que se le bendice y en la que se realizan ofrendas para que el mineral sea abundante. La mina es tal y como todos lo imagináis pero la vida allí resulta 10 veces más duro… tiene los carritos típicos, los rieles, y los mineros se lanzan subidos al carrito a toda pastilla por la mina! Para acabar la visita, que muchos esperábamos ya ansiosos, toco el momento de la dinamita. Se preparaban todas las dinamitas juntas y se hacían explotar en una de las laderas del cerro. La explosión, como las pelis, levantando y creando la típica nube de polvo marrón con un ruido que a muchos nos dejó tontos.

Como nota un poco de historia, deciros que esta fue la mina más importante para los españoles en todo Latinoamérica, que en un momento dado fue la cuidad mas grande de todo el continente americano y que por toda la plata que se sacaba de aquí empezó el dicho “Vale un Potosí”. Como ya os habíamos contado también, nuestro colega profesor jubilado era de aquí y le encantaba decir “Potosí, eso si!” Portada.

Bolivia: Potosí

Tras la visita nos quedamos extasiados y con el típico cansancio de haber pasado un mal trago. Buscamos algo de comida dando un paseo por todo el pueblo y al terminar nos montamos en un autobús caminito de Uyuni. Allí conocimos a Katia, una artista mexicana a la que fichamos para el tour del Salar al que nos dirigíamos. Poco a poco el grupo se agranda y las risas con tan buena compañía nos hacen pasar momentos geniales.  

De relax en Sucre

Efectivamente el aterrizaje en Sucre fué mucho más tranquilo. Llegamos tras 12 horas en un bus de lujo a una ciudad en la que el tiempo parecía haberse parado si se comparaba con la Paz. Tras unos buenos paseos encontramos un hostalillo tirado de precio pero oscuro y canijo. Nos daba igual, solo queríamos desayunar. Primero hicimos amago en el mercado, pero la sopa a modo cocido con chorizo en el medio nos parecía un poco bruto, lo dejaríamos para comer. En el desayuno conocimos a Laura y Sulik, ella madrileña y el ruso. Pasamos la mañana con ellos dando un paseillo por Sucre, casas coloniales, todo ordenado, parques y paz, mucha paz. Les acompañamos a su hotelillo ya que el nuestro no nos gustaba para ver si nos cambiábamos para el día siguiente. AL verlo nos enamoró, Fer dijo que si hacía falta pagaba los 4 euros de la habitación que costaba el otro pero que se mudaba. Habíamos encontrado el paraiso, un cuarto a modo japonés con una pinta limpito que daba gusto y un patio en el que pensábamos pasar las próximas 72 horas. Fuimos a por nuestras maletas al zulo, en el que nos dejaron desalojar sin pagar un duro y nos fuimos con una sonrisa al nuevo hotel. De camino volvimos a pasar por el mercado pero esta vez si compramos un buen chorizo con una buena barra de pan y la cervecita, casi casi como en España.
La verdad es que en los 4 días que pasamos en Sucre apenas salimos del hostal. Bueno, solo para ir al mercado e investigarlo hasta encontrar cada día algo nuevo que cocinarnos. Vivimos a cuerpo de rey bebiendo, comiendo y jugando a las cartas. La gente con la que coincidimos fué también de lo mejor de Sucre… un inglés llamado Ian (en las fotos compara su cabeza con una calabaza gigante, jajajaja), Keyle de Texas con el que salimos a descubrir la marcha boliviana, un australiano… y en especial una pareja de Ingleses con los que hoy en día seguimos viajando: Greg y Emma. Uno de los días organizamos entre todos una buena barbacoa que acabó alargándose hasta la noche. Parecía que la gente que llegaba a ese hotelillo se estancaba y acababa dejando pasar los días sin ni siquiera pensar en cuando partiría…. Fueron unos días muy tranquilos, agradables y en los que hicimos buenos coleguillas!

A todos nos hizo mucha gracia vivir en esta corrala ya que entre los vecinos estaba Alejandro “Dumas”, un exprofesor militar jubilado que nos contaba cosas del país, rimas cachondas, se metia con nosotros los españoles conquistadores y ligaba con las suecas. Al fin Emma puso orden y nos propuso que viajásemos con ellos a Potosí, nos parecía gente muy maja y además debíamos levantar el campamento. Ya se nos van acabando los días y no contamos con tiempo ilimitado 🙁

Portada.

Bolivia: Sucre

 

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La Paz, incapaz

Con estas palabras nos describian los propios bolivianos esta cuidad…Después de un autobús no largo pero matador llegamos a la Paz. Como ya contamos, llegamos a la Paz por la Ciudad del Alto, una ciudad en la que la mierda y la basura desbordaban por las esquinas, millones de perros callejeros y mucho desorden. Una primera impresión bastante mala para aterrizar en una ciudad tan grande. Caímos en un hostalillo o más bien Pub Irlandés en el que había borrachillos por todos lados. Eso sí, las camas eran excepcionales. Nosotros estábamos molidos y encima de resaca con lo que cambiamos el cubata por un buen vasito de leche y a mimir. Las apenas 24 horas que pasamos en la Paz tampoco fueron demasiado productivas. Estábamos bastante cansados y queríamos un lugar tranquilo para pasar los próximos 3 días con lo que no le dimos una oportunidad a la capital de Bolivia. Aprovechamos las horas antes de nuestro autobús que salía a las 7 de la tarde para darnos un buen homenaje en un restaurante japonés, Fer lloraba al cambiar el pollo y arroz por Sushi. Tras la comilona, un buen paseíllo por el mercado de las brujas en el que vendían todo tipo de productos sexuales muy cachondos, animales disecados y millones de amuletos. También cambiamos guías, compramos libros y ciao ciao La Paz. Portada.

 

                    Bolivia: La Paz

Copacabana e Isla del Sol

Nos cogimos el primer colectivo que salía de Puno hacía el sur para intentar llegar a la frontera con Bolivia lo antes posible. Ya de camino por la costa que bordea el lago pensábamos que Perú se había acabado! Matea, que no pensaba cruzar por tema de visados nos acompaño porque no quería perderse la Isla de Sol y la convencimos para que se arriesgase a cruzar la frontera. En el pueblo antes de la frontera, cambio de soles por bolivarianos, un mototaxi de tres ruedas unos tres kilómetros y a cruzar la frontera a patita. Ya al otro lado, un taxi colectivo hasta nuestro destino, un hostalillo en Copacabana. El pueblo tiene una bonita puesta de sol desde el cerro pero ni se acerca a lo que su nombre sugiere. La catedral colonial es importantísima dentro del país y tiene una plaza de armas bien grande en comparación con el pueblo pero nada de más allá. Un inciso para volver a poner verdes a todos los que se ganan la vida intentando timar al turista en estos puebltos!

 

Lo que si hicimos fue darnos el gusto de ver la puesta de sol con unas cervezas, algún hippy americano y un neocelandés que dejo de piedra a Fer. Se había venido a esta zona del Titicaca para tres semanas a estudiar los diferentes yacimientos Incas y preincas y toda la mística que había alrededor de estos pueblos. Nos enseño fotos de puertas dimensiónales, antiguas tumbas y pequeños templos, nos habló de la adoración a Pacha Mama (la Madre Tierra en quechua) y hasta nos aclaró que los incas tenían tres leyes muy diferentes a las luego impuestas por los españoles. Supuestamente los conquistadores impusieron tres leyes: “no robaras-significando no me robaras las tierras” , “no mentiras- significando no hablaras a mis espaldas en quechua porque es un idioma no cristiano” y “servidumbre”  pero las tres leyes Quechua verdaderas eran: vivir de acuerdo a la tierra, reciprocidad con el mundo entero y amor incondicional. Son bastante diferentes no? Este tío había pasado una semana entera en la Isla del Sol, donde la gente pasa uno o dos días a los sumo y sería nuestro destino. Portada.

Bolivia: Copacabana

 

Nos fuimos a por cosas mas terrenales y en un sitio genial, La Cúpula, cenamos una fondue de queso y una lasaña bestiales….destrozaditos del día, sólo nos quedaba recoger la colada y a dormir que mañana tendríamos que ver con nuestros propios ojos la Isla del Sol. Según cuenta la leyenda, aquí nació el primer Inca. El primer hijo del Sol nació cuando los rayos tocaron el lago…de ahí el nombre de la isla. La única manera de cruzar es en barco. Un par de euros y te dejan en la zona sur de la isla. Nosotros queríamos ir al norte pero no conseguimos reunir a suficiente peña para fletar otra lanchita así que con pocas ganas, nos pusimos a andar hacia el norte a ver hasta donde llegábamos antes de que se fuese el sol. Es gracioso el sistema que tienen los comuneros de cobrarte por zonas de la isla, pero te sientes de nuevo algo estafado. El echo es que tras tres horitas de caminata llegamos justo donde queríamos, a ver la puesta de sol desde la zona norte. Os dejamos con las fotos porque no se puede describir. Portada.

Bolovia: Isla del Sol 

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Tan embobados nos quedamos que se nos hizo de noche y perdimos el sendero de bajada hacia el pueblo al que teníamos que haber llegado antes. Con los frontales, entre ramblas, algún seto y saltándonos los muros de los campos íbamos bajando hacia la luz y cuando ya llevábamos unos 30 minutos, nos vinieron a rescatar los chavales del pueblo e indicarnos el camino de bajada. Ni siquiera nos buscamos un sitio donde dormir porque no habíamos comida y la fiera rugía con fuerza. En uno de los dos barecillos del pueblo nos juntamos una buena panda. Cinco argentinos, un chileno, tres españoles y una eslovena contra diez truchas, siete botellas de vino y alguna cerveza. La noche se acabó alargando en la playa con una caja entera de cerveza y discusiones sobre política, el futuro del mundo, cine y libros. Con alguna ese y la cabeza todavía en la puesta de sol nos acogió en su cuarto el chileno y como habíamos hecho compartido la bebida compartimos tres camas entre seis. El día siguiente éramos unos cadáveres así que nos hicimos mas que esperar al sol al barco, que tras una parada para almorzar en el sur de la isla, nos dejo de nuevo en Copacabana.

 

Aquí son un poco empanados, vamos, despistados, y se nos ha pegado algo o eso parecía….quizás era la resaca. Cerca también hay una isla dedicada a la Luna, el astro de la fertilidad femenina pero no teníamos tiempo…tendremos que volver. El bus a la Paz pasaba por un río, así que a desembarcar, cruzar en lanchita y de nuevo en camino. La llegada a La Paz, un poco deprimente la hicimos por el Alto, una cuidad vecina que podría bien ser la India. Hostalito y a descansar!

Lado peruano del Titicaca

Fueron 6 horas de bus entre paisajes áridos hasta llegar a Puno, punto de partida para descubrir el lago Titicaca. La ciudad en sí no tiene nada, ni siquiera el centro está orientado al lago.  Clásica plaza de armas con su catedral, la calle turística con restaurantes caros y se acabó. De todas formas, como hemos dicho, tan solo es de paso con lo que matamos la tarde intentando echar unas partidas de billar. Al día siguiente descubriríamos el lago navegable más alto del mundo. Volvía a ser demasiado pronto cuando llamaban a la puerta de  nuestro cuarto. En el hostal tenían cerrado el comedor con lo que te traían el desayuno a la camita. Madrugar así sienta mucho mejor. Víctor apareció con Matea, una chica eslovena que sería nuestra nueva compi de viaje. Nuestro destino final del día era Llachón, un lugar recomendado por Florecilla y según ella, de lo más bonito del mundo. Éramos unos cuantos en la parada del colectivo esperando impacientes a que alguna furgo decidiese jugarse la salud de sus neumáticos y llevarnos por un camino lleno de piedras y gravilla a Capachica. Por fin hubo un valiente, y todos los peruanos que suelen ser bien tranquilos se abalanzaron contra el vehículo para agarrar un sitio. Nosotros fuimos detrás. A Fer le tocaron los empujones de un señor diciendo que el sitio estaba reservado y que encima era turista. Aquí todo el mundo opina de todo, y el mogollón de peruanos ya sentaditos en sus sitios empezaron a chillar al señor diciéndole que esas no eran formas de tratar a las personas. En estos buses siempre hay algún local que quiere charlar con nosotros (esta vez fue el comisario de Capachica), darnos consejos del país, y recomendarnos lugares de la zona. Tras 2 horas de camino en lata de sardinas llegamos a nuestro destino. Teníamos pensado parar allí ya que era domingo y tocaba el mercado de la semana. La gente nos miraba perpleja y nos sonreían amablemente como si no hubiesen visto un turista en su vida. Era el momento de vender, comprar o intercambiar para conseguir las provisiones de la semana.

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Nosotros nos hicimos con un queso con pinta algo rara que tomamos con pan en lo alto de una colina con vistas al lago. Cuando la dura mañana de negociación acaba todos lo celebran con un buen heladito a modo recompensa. A medio día y estándo tan altos el sol calienta y pica de lo lindo. Con otro colectivo de 30 minutos llegamos a Llachón. Un lugareño nos recomendó un alojamiento pero estaba ocupado con lo que fuimos a la casa de al lado a ver si nos daban morada. Aquel lugar era paz y tranquilidad. Las vistas del lago no podían ser más bonitas… apenas 3 casas a nuestro alrededor con sus ovejas, llamitas, cerditos y una playita de arena con el agua del lago color azul mediterránea. Por menos de 3$ nos dieron habitaciones con vistas al lago en la familia Adelas y aceptaron nuestra petición de hacer una fogata por la noche. Nuestra idea era clara, ir en busca de papas y pollo para hacerlo por la noche a las brasas. Nuestro gozo se fué derrumbando por momentos al ver la plaza del pueblo. 2 tienditas con productos básicas y si queríamos chichi y papas teníamos que volver a Capachica. Los colectivos apenas pasan 2 veces al día, no hay restaurantes, y para colmo el comedor municipal ya estaba cerrado. Siguiente alternativa, pedirle a algún habitante del lugar que nos preparase un arrocito con huevo. Una señora se ofreció en hacernos la comidita por unos pocos soles. Nos llevó hasta su casa en Santa María que está a una media hora de caminata por la costa de la península. Seguíamos todos perplejos durante el camino de lo bonito que era el lugar.

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En la casa toda la familia trabajaba non stop remodelándola para en un futuro poder acoger a turistas. El bisabuelo de la casa que ni siquiera hablaba español tan solo nos observaba y veía tranquilo el día pasar. La comida estaba bastante mala pero la experiencia y llenar el buche fue genial. En el camino de vuelta teníamos otra misión, encontrar un pescador que nos llevase a la mañana siguiente a Puno pasando por las islas flotantes Uros. Preguntando y preguntando dimos con Alejandro que aceptó nuestra oferta y que además nos llevó de vuelta a casa en una barquita mientras veíamos como el sol desaparecía en el lago. El día no había podido ser más divertido y aún nos quedaba el fuego bajo las estrellas.

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Salíamos a las 5.45 para ver el amanecer pero no hubo suerte, ya había salido. Aún así el lago estaba en calma, ni un alma y con una luz preciosa. Eso sí, una rasca de narices. El barco paró en una islita flotante perdido en mitad del lago en la que vivían 2 familias de 8 personas cada una. La isla es enterita de paja, desde la superficie flotante, las chozas y sus barcos. El señor de la casa nos dio una vuelta en uno de ellos mientras nos contaba su forma de vida. Se mudaron aquí hace 8 años por el turismo pero al estar alejado de la zona de los Uros (las islas flotantes cerca de puno más visitadas), apenas llega un turista al día. Sobreviven con el trueque cambiando pescado por patatas, verduras etc y la poca carne que comen es de los patos que cazan con escopetas.  Los chavales iban al cole que estaba en otra isla en barca y las mujeres intentaban vender alguna que otra artesanía. La islita y la familia nos fascinó. Portada

                                   Peru: Peninsula Capachica y Uros

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De camino a Puno pasamos por las conocidas Uros pero ni siquiera nos paramos. Aquello parecía la entrada o salida de un puerto súper transitado. Millones de barcos de turistas y demasiado montaje después de lo que habíamos visto. Aún era pronto por la mañana cuando desembarcamos en Puno con lo que decidimos cruzar ese mismo día a Copacabana, el lado Boliviano del lago.